Don Miguel Ángel Borrego Soto, doctor en Artes y Humanidades por la Universidad de Cádiz y miembro del Centro de Estudios Histórico Jerezano, ha sido el encargado de poner el punto y final al ciclo «Jerez Siempre» del 2021, con el que la Real Academia de San Dionisio, de Ciencias, Artes y Letras retomaba su actividad.

De forma telemática y tras las palabras del Excmo. Sr. Don Joaquín Ortiz Tardío, presidente de la Real Academia de San Dionisio, y la presentación de Don Francisco Barrionuevo Contreras, arqueólogo del Museo Arqueológico Municipal de Jerez y presidente del Centro de Estudios Histórico Jerezano, llegaba el momento de desarrollar la conferencia titulada «Asta en las fuentes árabes», en la que Miguel Ángel Borrego recordaba que hasta hace unos años, los únicos vestigios de los siglos X y XI hallados en el municipio de Jerez de la Frontera pertenecían al yacimiento de Mesas de Asta, localizado a once kilómetros al noroeste de Jerez. En la colina más alta, actualmente olivar del cortijo «El Rosario», es donde la historiografía sitúa el núcleo principal de la ciudad de Asta Regia. Las diferentes campañas en el lugar, dirigidas por Manuel Esteve Guerrero durante las décadas cuarenta y cincuenta del siglo pasado, aportaron numerosas piezas cerámicas, marmóreas y de todo tipo que evidenciaban el esplendor de la urbe durante las épocas turdetana y romana.

Con todo, la sorpresa de las labores arqueológicas fue el hallazgo de un importante asentamiento andalusí sobre los restos de aquella, pues no se tenían noticias por aquel entonces de que las Mesas de Asta hubiesen albergado una población de ese periodo. El descubrimiento parecía corroborar la tradición historiográfica jerezana, seguida por Torres Balbás, de que la destrucción de Asṭah durante las luchas que produjeron la caída del Califato y el alumbramiento de los reinos de Taifas provocaron su abandono y el traslado de sus habitantes hacia una población de nueva planta, Šarīš (Jerez).

A pesar de todo, Borrego Soto apuntaba que esta idea, enraizada en el acervo común sobre los anales jerezanos, no convencía a Manuel Esteve, quien ya señaló en alguno de sus escritos que Asta y Jerez eran lugares diferentes, y que la primera nada tuvo que ver con el surgimiento de la segunda. Efectivamente, los resultados de las últimas intervenciones arqueológicas en Jerez y un texto del volumen II-1 del Muqtabis de Ibn Ḥayyān (m. 1076) -en concreto el fragmento referido a las defensas del suroeste de al-Ándalus frente al ataque normando del año 844-845 en tiempos del emir ‛Abd al-Raḥmān II (m. 238=852)- han ayudado a subsanar el error secular de la identificación entre Asṭah y Šarīš y han dejado claro que ambas ciudades ya eran coetáneas, al menos desde mediados del siglo IX.

La riqueza de estos y otros muchos hallazgos procedentes del yacimiento de Mesas de Asta, hoy conservados y expuestos en el Museo Arqueológico Municipal de Jerez, contrastaba con el silencio de las fuentes documentales acerca de la Asṭah andalusí, sólo citada de paso en el Muqtabis de Ibn Ḥayyān. El conferenciante puso de relieve que hasta el momento, no había referencias evidentes en las obras geográficas o en los diccionarios bio-bibliográficos a ningún lugar que aludiera a este enclave o a algún sabio procedente de Asṭah, mientras que las menciones a ulemas de Šiḏūna, Qalsāna, Šarīš u otras poblaciones menores de la cora de Sidonia entre los siglos IX y XI, como al-Qanāṭīr o Qādis, son frecuentes. Por esta razón, se podría pensar, contrariamente a la opinión de Manuel Esteve y a la evidencia arqueológica, que Asṭah careció de entidad urbana propia y no fue más que una importante alquería dependiente de la cercana Šarīš. No obstante, nuevos datos hallados en varias fuentes árabes confirman las sospechas de Esteve de que nos hallamos ante los restos de una importante ciudad de la cora de Sidonia de época califal y taifa. Es Ibn al-Faraḍī, en su historia de los ulemas de al-Ándalus, quien nos habla de un sabio de Sidonia de linaje árabe llamado ῾Uṯmān b. Sa῾īd b. al-Bišr b. Gālib b. Fayḍ al-Lajmī, que dirigía la oración, en la mezquita aljama de un lugar denominado Asta, donde también ejercía como alfaquí, y donde murió entre los años 983 y 984. Sin duda, un nuevo valor añadido para este importante enclave arqueológico del entorno jerezano.